Si caen mis párpados cuando me beses, no lo permitas, coge el rifle que permanece guardado debajo de nuestra cama apolillada y dispárame.
Si mi risa es de aquellas que ocultan la tristeza de un día agónico, no me digas nada, solo ve por las agujas e hilos y cóseme la boca para quedarme con esa imagen.
Si mis pies corren lejos de ti, no lo permitas, lánzame un dardo envenenado justo en el cogote, y arrástrame hasta la casa.
Si las lágrimas acarician mi rostro en una tarde de verano, guárdalas y déjalas caer sobre mí el resto de las estaciones del año.
Si mi boca no pronuncia palabra alguna relacionada con el amor, abofetéame, hasta que oigas lo que quieras oir.
Si mis oídos se cierran ante tu voz, tu risa desarticulada y tu estridente llanto, grita y haz toda clase de ruidos hasta destrozarme los tímpanos...
Si me oyes rezar y rogar por nosotros, cállate, siéntate a escuchar y aprecia al ángel que desciende todas las noches; cuando tú estás ocupada, preocupándote por encontrar alguna otra imperfección en mi podrido ser.

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